La ballena
No siempre se alcanza lo que uno quiere en un viaje,
a veces se alcanza mucho mas!
Y yo que solo quería descansar....
  
Hace muchos años que viajo por diferentes
partes del mundo, ese es mi trabajo y mi pasión.. y hay
un lugar en Argentina que misteriosamente, por el azul de su mar,
el ocre de los acantilados, el silencio del viento y el carácter
de los escasos habitantes, ha tomado una lugar grande en mi corazón
y es: ¡Puerto Pirámides en Península Valdés!
Las últimas diez veces estuve por trabajo, llevando grupos
de turistas, pero en noviembre me escapé solo por vacaciones;
cinco días sola, a mi lugar en el mundo. Lo que me atrae
verdaderamente es su vida marina, sus habitantes marinos y las
Reinas entre todos ellos: las ballenas.
Llegué por la tarde al aeropuerto de Trelew; no había
transporte público para llegar a Península a esa
hora del día; sin embargo, la determinación era
tan fuerte que encontré un pasaje de fortuna a Puerto Madrin.
Allí encontré, con la misma suerte, una pareja de
viejitos, de la misma edad del Ford Transit de otra época
que por sesenta pesos me llevó a Puerto Pirámides.
Llegar de noche con este medio no fue menos aventurero que dormir
en la casa rodante de la dueña de las cabañas donde
habitualmente alojo a los turistas que llevo a la península.
No había lugar pero me lo hicieron de esa manera.
Me dormí y al día siguiente me desperté muy
tarde. Tenía el cansancio de muchos otros viajes y semanas
de trabajo. La idea era seguir durmiendo los próximos cuatro
días en la playa... caminar en la playa… sentir el
agua y después tirarme a dormir sobre la desnuda arena.
Una idea simple... Pero no fue posible casi en ningún momento,
otra situación ocurrió.
La mañana después tomando mi desayuno en el pequeño
restaurante de las cabañas, Teresa, dueña del lugar
y amiga muy querida, me señaló a las Reinas que
en el horizonte azul se movían tan desenvueltas ocupando
toda la vista. El desayuno ya tenía su espectáculo
y mi concentración se fue hacia ellas.
Salgo a caminar por la playa y agotada me tiro un rato para leer
pero no aguanto, se me cierran los ojos, mi cuerpo quiere descansar
sobre la tibia arena. No pasan ni quince minutos y un silbido,
un llamado profundo que me obliga a levantar la cabeza –
bien escondida entre los brazos – a darme vuelta hacia el
mar:
La madre y su cachorro, otra pareja más allá y otra
más cerca. Miro emocionada unos minutos esperando que el
milagro desaparezca; y continúo porque no se van o si se
van emergen otras. En fin, vuelvo a tirarme en la arena. Adormilada
una vez más, el ruido inconfundible me llama, ahora están
más cerca. Me pongo de pie y me acerco a la playa, una
ballena levanta las aletas y se da vuelta, la miro, la sigo caminando
paralela por la playa. Ya no entiendo si soy yo quien va junto
a ella o ella me sigue, no sé. Me meto en el agua helada
– cosa que me encanta – las veo a unos cincuenta metros,
me acerco, ellas inmobles flotan.
Al atardecer hubo más: al otro extremo de la playa y desde
el acantilado una ballena seguía saltando y mostrando la
cola desde todos los ángulos posibles.
Siguió así todo el día y los días
que siguieron; no pude descansar en la playa ninguno de los cuatros
días porque no podía no mirarlas!!! Es imposible
ignorarlas! No descansé como lo había planeado,
en realidad mi descanso y mi regeneración fueron mucho
mas profundas, mi viaje mucho mas lejos que el lugar físico
donde estaba... De allí me fui a las profundidades que
solo Ellas conocen, ganándole al frío y a la oscuridad,
a la inmensa soledad de los abismos marinos; mirando a esa naturaleza
portentosa me dejé llevar por Su encanto.
No sé si esto tiene que ver con el hecho de ser viajante,
mujer, o si le pasaría a cualquier otro; la verdad es que
pienso que las mujeres somos especiales, únicas, que escuchamos
el entorno, así todo se vuelve sencillamente milagroso
y pacífico... y que en fin las ballenas, aunque hayan machos
obviamente, en el imaginario se vuelven ánimas femeninas.
Sabrina Bini, noviembre 2006
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