Comentario de una excursión
Ushuaia desde la altura de un ser humano
Poder ver Ushuaia, el canal de Beagle y todo su esplendoroso
entorno desde un avión es sencillamente espectacular. Las
montañas cayendo a pique sobre el mar, los fiordos, canales,
islotes, recortan una costa única e inigualable en la geografía
argentina.
Poder ver Ushuaia desde un barco o catamarán, que surca
lento las frías aguas del canal, permite ver la multifacética
y colorida ciudad a la vez de descubrir la curiosidad de los lobos
marinos, el vuelo rasante de las intrépidas gaviotas, las
grandes concentraciones de aves que se posan en aisladas rocas
que apenas sobresalen del agua.
Poder ver Ushuaia desde una camioneta nos deja la sensación
de alcanzarlo “todo” en pocas horas, sin dejar Museo,
Presidio, Tren, Valle, sin conocer.
Pero caminar por la costa del canal, a lo largo de varias horas,
escuchando solo el sonido de las olas golpear las rocas, los pájaros
sorprendidos por nuestra presencia, el viento aullando entre las
lengas, nos permite sentir la escala humana verdadera, en medio
de esta naturaleza soberbia, casi igual a como la encontraban
los antiguos yamanas que navegaban y vivían siempre cercano
a esa sutil y cambiante línea que separa los dos mundos:
la tierra y el agua.
Esta es la invitación que logramos concretar gracias a
Sabrina y su bien dispuesto Guía especializado en esta
zona, de nombre Osvaldo, quien prestamente nos puso en situación
de iniciar nuestra expedición allí en la Bahía
Ensenada, frente a la isla Redonda, dentro ya del Parque Nacional.
Nos contó que podíamos enviar nuestra tarjeta postal
desde “el correo del fin del mundo” que se ubica allí,
justo frente al muelle viejo que sirve de partida a la senda costera
señalizada tiempo atrás por los Guardaparques.
Y con ritmo lento, ojos asombrados y corazón latiendo por
la emoción, arrancamos caminando entre lengas y otras especies
que iban siendo presentadas una a una por Osvaldo, con certeras
indicaciones que nos permitía diferenciar sus hojas, sus
colores. Más adelante, la variedad de cauquenes, patos,
bandurrias y pájaros carpinteros, iban apareciendo primero
por sus sonidos, luego por su presencia. Algunos incluso quietos,
como para permitir un lindo encuadre de nuestras sofisticadas
cámaras fotográficas.
Al promediar el recorrido, ya estábamos ensimismados por
el verde y el azul, con sus diferentes tonalidades a medida que
el sol se escondía y aparecía detrás de juguetonas
nubes. En un momento, alguien saca un mate, nos enseña
como se sirve y como se toma, y allí nomás Osvaldo
ataca con su completa vianda prevista para alimentar nuestros
cuerpos e igualar lo que se nos venía dando de alimento
para el espíritu. Para el atardecer nos quedaba otra sorpresa,
la entrada en la Bahía Lapataia, allí donde se terminan
todos los caminos, y la quietud más plena, lejana a los
trillados grupos de turistas que llegan por la ruta. Para nosotros,
los conejos, los castores, algún cóndor volando
alto, eran los acompañantes.
Definitivamente, se reconoce “otra” Ushuaia si se
permite recorrerla y caminarla desde nuestra propia altura, la
humana, y así es como sugiero hacerlo en la visita al Fin
del Mundo.
Gracias Sabrina, gracias Osvaldo, espero sigan atendiendo y llevando
turistas a esos sitios de esa forma, para que puedan acercarse
a lugares tan únicos de una forma tan agradable.
Fabián Piqué
fabianpique@bariloche.com.ar
Ushuaia, Octubre de 2007
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